lunes, 4 de mayo de 2015

Redefinir el maltrato…ó: “Cómo dejar de ser una víctima”

Decía Kant que existe algo llamado “ding an sich” (la cosa en sí), a lo que Nietszche:
replicaba: “no hay hechos, sino sólo interpretaciones”.
Estas dos afirmaciones marcan la diferencia entre dos tipos de enfoques de la realidad,
o, según Nietszche, de nuestra realidad.

¿Qué diferencia hace en nuestra vida cotidiana, el adherir a uno u otro punto de vista?.
Bueno, la diferencia está allí, y tiene unas implicancias enormes.

Imaginemos que nos topamos con una persona que nos trata con crueldad, abusa de
nosotros, ya sea de forma psicológica (denigrándonos por ejemplo), o mediante abusos
corporales (golpes o cosas peores). Si adherimos a la afirmación de Kant, estaremos
convencidos de que la persona que nos trata de tal forma es realmente malvada, y que,
por lo tanto, debemos, no solo evitarla, sino también, y en lo posible, responsabilizarla y
hacerle pagar por sus actos. Esta actitud crea las afirmaciones del tipo: “Soy así porque
mi madre me trató cruelmente de pequeño”, o “Soy un infeliz porque tengo un jefe
abusivo”.

Por otro lado, si adherimos al punto de vista de Nietszche, y nos vemos expuestos al
mismo tipo de abuso, nuestra reacción será por entero diferente, ya que no creeremos
que las personas son así, sino que las sentimos así.

¿Cómo puede ser esto?, ¿no será pecar de inocentes al creer que alguien no es malvado,
sino que nos parece tal cosa?

Veamos. Supongamos que nos presentan, en una fiesta, a una dama a la que nunca
hemos visto antes, ni ella a nosotros, ni tampoco nadie nos ha referido nada de ella, ni a
ella sobre nosotros. Todavía no sabemos nada de ella, es una perfecta desconocida, y lo
mismo sucede para ella.

Durante los primeros diez segundos, estamos expuestos mutuamente, no sabemos qué
debemos ocultar o proteger de la mirada indiscreta del otro, porque no sabemos todavía
qué es lo que le interesa mirar de nosotros. Es en estos momentos, cuando,
inconscientemente, comenzamos a recopilar minuciosa y valiosa información acerca de
ella (gestos, miradas, postura, tono de voz, etc), y, poco a poco, comenzamos a
formarnos una idea de cómo es, y de qué le gusta, y de qué rechaza. Ya tenemos una
interpretación de esta persona, con lo que, en nosotros nace una atracción, repulsión, o
neutralidad hacia ella.

A partir de allí, nace en nosotros un tipo de relación con la imagen que nos hemos
creado de ella, basada en nuestra recopilación de información, recopilación que jamás se
detiene, y que sigue agregando detalles nuevos cada día, mediante el contacto directo
con ella, la referencia de terceros, o la reflexión propia.

Al día siguiente, en la oficina, comentamos el encuentro con esta persona, y lo que, para
nosotros es, es decir, lo que nos pareció ser, pero, con asombro, descubrimos que, para
nuestros compañeros no es en absoluto así. Para algunos es una magnífica persona, con
grandes virtudes, y digna de amistad, mientras que para otros, es una persona
desdeñable, de la que hay que cuidarse. Estamos confusos, ¿cómo es verdaderamente la
persona que conocimos la noche anterior?. Pues tiene tantos rostros y características
como personas la describan, sencillamente porque nunca percibimos lo que es, sino lo
que nos parece que es.

Pero ¿qué ganamos con mirar la vida bajo la perspectiva nietszcheana, en lugar de desde
la kantiana?. Bueno, bajo la primera perspectiva, solo podemos padecer o intentar huír
de un padecimiento, mientras que, desde la segunda, podemos aprender a relativizar o
deconstruír nuestra imagen de una persona.

Veamos. Si alguien me martiriza, e intento huír de esta situación, puede que sea posible
lograrlo, y la mortificación se detendrá, por ejemplo, cambiando de trabajo o de pareja.
Pero, nadie puede evitar que me vuelva a topar, a la vuelta de la esquina con el mismo
tipo de persona o situación, con lo cual la solución resulta un poco escasa, ya que puedo
caer fácilmente en :”Es que él me hace la vida imposible”.

Por otro lado, si utilizo la visión nietszcheana, la de decontruír y relativizar, más allá de
apartarme de lo que me hace sufrir (si fuera posible), estaré, al mismo tiempo
repensando mi imagen de la persona en cuestión, con lo cual, puede que descubra que,
no hacía falta huír o cambiar de situación, ya que, el sufrimiento al que me estaba
viendo expuesto, provenía de creer que, esa persona era malvada, y que yo era su
indefensa víctima. Así, al reconstruir mi imagen de esa persona, puede que resulte que
ya no me genere rechazo o miedo, sino simplemente lástima, por verlo como alguien
indefenso ante su propia necesidad de dañar, por lo que, sea que yo me haga a un lado, o
no, ya no tendrá la misma intensidad emocional mi relación con esa persona.

Así, la visión nietszcheana, resulta por mucho, más práctica, ya que no implica la
necesidad de huida tan frecuente, porque basta con un reajuste de imagen, ni tampoco
permite caer en una sensación fatídica de: “el destino no me es amable”, o “yo nací para
sufrir”, o cualquier afirmación por el estilo, que sólo buscan señalar al afuera como
causante de nuestro sufrimiento.

La visión kantiana es sustancial, es decir, se basa en pensar que todo son rótulos
absolutos: bueno, malo, hipócrita, amable, cariñoso. Mientras que la visión nietszcheana
es verbal, esto es, no congela la vida en cosas fijas, sino en movimiento, por ejemplo,
no dirá: malo, sino: siendo malo, o mejor todavía: siendo malo para mí, en éste
momento.

Esta diferencia semántica es la diferencia entre una vida de hechos fijos, inamovibles,
inafectables, imposibles de cambiar, y una en la que todo puede cambiar de un momento
a otro, y, en la que somos protagonistas y no meros espectadores.

Por ello, la próxima vez que te topes con una persona desagradable, adopta la visión
nietszcheana y di: “para mi, en este momento, ésta persona me está pareciendo
desagradable”, y verás la diferencia…

Pablo Veloso.

Artículo publicado en la revista Verdemente http://www.verdemente.com/ de Mayo del 2015:




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